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viernes, 6 de junio de 2014

"Yiyo, torerazo". Crónica de Joaquín Vidal sobre su primera salida a hombros de Las Ventas

Yiyo al natural

El 1 de junio de 1.983, José Cubero "Yiyo" lograba su Primera Puerta grande de Las Ventas de Madrid. Sustituía a Espartaco. Lo demás, lo cuenta, nada más y nada menos, que Joaquín Vidal en su crónica para el diario El País.



D. Joaquín Vidal
Plaza de toros de Las Ventas
1 de junio. Decimonovena corrida de San Isidro. Cinco toros de Alonso Moreno, bien presentados, flojos y pastueños. Sexto, sobrero de Bernardino Jiménez, con trapío, manso y bronco. Ángel Teruel. Estocada caída (algunas protestas). Pinchazo hondo a un tiempo y estocada (oreja). Armillita. Pinchazo y bajonazo descarado (silencio). Bajonazo descarado (palmas y también pitos cuando saluda). Yiyo. Estocada desprendida (oreja). Estocada baja y dos descabellos (oreja). Salió a hombros por la puerta grande con adamaciones de "¡torero!"


Vino de suplente y ahí está, candidato a triunfador de la feria. Yiyo, esa es la figura. Yiyo, torerazo. Torero completo, en todas las suertes. Torero en la brega, en quites, y con la muleta, artista y dominador. El repertorio de la tauromaquia plasmé ayer Yiyo ante la asombrada cátedra de Las Ventas, y cuando ya lo había desgranado con auténtica exquisitez, se mostró en su dimensión de torero de casta, valiente, decidido a triunfar a pesar de la bronquedad del toro y a pesar de la cogida. Este sí que es valiente, a carta cabal. Éste no se reboza por las sienes del borrego inválido, al amparo de su ceguera imposibilitándole la embestida. Éste se deja ver, aguanta la arrancada fuerte, desprecia el filgor helado del gañafón. Y torea. Torea además con alma, e imprime la marca de su personalidad, sin necesidad de proclamarla o de fingirla cara a la galería. Porque lleva el toreo tanto en la cabeza como en el corazón, y ese toreo, de escuela, lo interpreta con la peculiaridad de su sentimiento, adecuándolo a las cambiantes condiciones del toro.

Tuvo uno nobilisímo, al que lanceó con finura; se adornó con largas en sus distintas versiones, lo lidió sin permitir que los subalternos intervinieran en la brega. Tenía Yiyo todo el corte de los toreros antiguos. Y le hizo una faena de muleta que si no hubiera estado aderezada por las salpicaduras del arte, diríamos que fue de libro. Faena enciclopédica, porque en ella incrustaba las más variadas suertes, y todas se producían con tanta naturalidad y armonía que parecían de su invención. Faena que progresivamente se enriquecía, hasta alcanzar la cumbre del arte. Siempre en los pases de pecho; para una antología los ayudados por alto, enlazados con el de pecho hondo y un molinete ceñidísimo. Y después, derramando torería, por bajo, rodilla en tierra.

Toda la corrida salía nobilísima. Inexplicablemente, Ángel Teruel era incapaz de templar las boyantes embestidas del ejemplar que abrió plaza. Se desquitó en el cuarto, al que toreó con finura. Muchos de sus muletazos poseyeron el aroma peculiar del toreo clásico y el mismo planteamiento de la faena fue técnicamente bueno. Sin embargo, otros los ejecutaba dejando atrás la pierna contraria y adelantando el pico. No es nuevo, por otra parte, en este torero, que ha convertido tal amalgama de virtudes y defectos en estilo personal.

Con un toro aplomado y otro manejable, Armillita no consiguió rebasar los límites de la vulgaridad. Banderilleó muy mal, pegó pases sin tino. El sexto fue devuelto por inválido y cuando aún no habían aparecido los cabestros, saltó a la arena una mujer torera. Corbelle le salió al paso, pero la dama le puso la punta del estoque en el pecho. "¡Un paso más, y no respondo!", dicen que le dijo. Se mascaba el drama: ¡Corbelle, a punto de ser pasado por las armas!, qué tiempos vivimos. Intervino entonces Curro Álvarez, que desarmó a la espadachina, la tomó en brazos y la entregó a los guardias. La gente estaba estupefacta. No toda, pues algunos animaban a la parienta: "Tírate tú también, vida mía, anda", le decían, "que son hermanitas de la caridad y no hacen nada". Se ponían pesadísimos.

El sobrero rompió la dulzura de la corrida. De mala catadura, se emplazó nada más saltar a la arena. Yiyo ordenó a los peones que se taparan y fijó su descompuesta embestida con unos capotazos eficaces. De ahí en adelante. su actuación fue un continuo alarde de valor sereno y torería. El toro se cernía con peligro, pero Yiyo aguantaba las violentas embestidas y llegó a embarcarlas con hondura. Transcurría emocionante la faena, cuando se distanció y, citando de largo, consiguió los mejores pases de la tarde. Los naturales pusieron al público en pie. En uno de ellos salió volteado de forma escalofriante, pero se incorporó de inmediato, de nuevo citó de largo, volvió interpretar el toreo en toda su pureza.

Cuando cobró la estocada -que quedó baja- el triunfo ya era de apoteosis y la plaza entera le aclamaba. "¡Torero!, ¡Torero!". Salió a hombros por la puerta grande, y en aquellos momentos ocupaba un puesto cimero entre las figuras. La lección de Manolo Vázquez, la maestría de Antoñete y su distancia, la torería de Esplá, habían tenido por una tarde su síntesis en Yiyo; torerazo Yiyo.


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